El Uno tiene una cualidad envolvente. Integradora. Englobante.
Eso hace que sea tremendamente inclusivo. Sirve para un fregado como para un barrido.
El Uno te dice siempre: "sí". ¿Te da la razón como a los locos? Quizá. Es bastante pancho, el Uno. Todo le está bien.
Ocurre que el Uno lo es Todo, y no necesita pelearse con nadie. Ni con ninguna de sus partes, ni tampoco con la Nada de la que nació.
Se ha definido como una esfera cuyo centro está en todas partes, y su circunferencia en ninguna. (De hecho, esta es la definición de la divinidad de pensadores tan diferentes como Parménides, Alain de Lille y Jorge Luis Borges.)
Esta explicación hace que la cabeza dé vueltas. Si hay Uno, y está definido como Uno, pero no hay forma de encontrar su centro, ni su circunferencia, ¿cómo sé yo que hay Uno, y no Ninguno?
En este sentido, el Uno está muy cerca del Cero... pero el Cero no es inclusivo, sino más bien exclusivo: el Cero es todo lo que aún no está. Queda excluido del Cero todo lo que es.
Esa es la definición de Tao: lo que no puede definirse. Si puede ser nombrado, no es Tao verdadero. Ahí está la frontera entre el Cero y el Uno.
Lo que ya está no es Cero, sino que es Uno. El Uno es todo lo que puede estar y está, aunque aún no se haya disgregado... de manera que no sabemos realmente dónde está, ni hasta dónde está.
En definitiva, que el Uno, de tan englobante e inclusivo que es, puede resultar un poco confuso y marearnos. ¡Y quedarse tan campante!
Esa desorientación se nota cuando miramos representaciones del Uno como éstas. Claro que aquí hay un número determinado de circunferencias, pero empiezan a aparecer espirales, o toroides, o estrellas dentro de otras estrellas, sin que podamos afinar de un vistazo cuántas hay.


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